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LA CARA B DEL FÚTBOL
25 de enero de 2010
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La estrella del sol naciente
Central del Levante. Maider, a sus 33 años, se inició en el Eibartarrak, jugó en Torrejón y ha ganado la Liga y la Copa como granota. :: IRENE MARSILLA
MOISÉS RODRÍGUEZ.-

Hubo un tiempo no muy lejano, cuando parecía que los perros se ataban con longanizas, en que los japoneses tomaron las ciudades deportivas de media Europa. Luciendo su eterna sonrisa, los ojos rasgados y su tecnología al ultimísimo grito, una horda de periodistas acompañaban al último fichaje nipón que, en todos los casos, iba para Maradona del sol naciente. Eso en el fútbol masculino. Con las chicas ocurría lo contrario: eran los clubes asiáticos los que las invitaban a sus instalaciones en busca de las estrellas que diesen el plus de calidad al equipo. Maider, jugadora del Levante, fue una de las que estuvieron a prueba.

La central vasca, a sus 33 años, se siente afortunada por aquellos tres meses en Takanazuka, localidad cercana a Osaka. «Yo no llegué a conocer Tokio, estaba en la otra punta de la isla». Maider Castillo probó en Japón después del Europeo de 1997 en el que la selección quedó tercera y estuvo a punto de llegar a la final. Pese a caer contra Italia (2-1), el combinado nacional femenino firmó su mejor actuación internacional.

«Nos llamaron a Ángeles Parejo, Marimar Prieto (ex del Levante y a mí. Al final se quedaron con una americana y con Marimar, pero la experiencia fue genial. Si pudiera, repetiría». Y eso que la jugadora del Levante lo pasó mal en Japón: «Estaba acostumbrada a entrenar en mi pueblo, llego allí y era otro nivel. Había dos sesiones diarias. El primer mes se hizo muy duro. Ellos te daban ánimos. Lo bueno es que podías maldecir y nadie te entendía».

Más de una década atrás, la liga japonesa era una de las más potentes del mundo. Las extranjeras eran el plus de calidad para un fútbol femenino semiprofesionalizado. «Los equipos eran de una fábrica. Las jugadoras trabajaban la mitad de la jornada y el resto del tiempo entrenaban. Los clubes llevaban el nombre de la empresa. Por ejemplo, Panasonic».

El club en el que probó Maider era el Takanazuka Bunnys. «No sé a qué se dedicaba, la verdad, pero había una fábrica detrás». La guipuzcoana residió en la ciudad deportiva. Como con la tecnología, los japoneses fueron pioneros en eso de los pisos en miniatura: «Tenía un apartamento muy pequeño. Eso sí, cada una teníamos el nuestro».

Como podían, a base de gestos y en un arcaico inglés («estaba en tercero de carrera y por suerte tenía más o menos fresco lo que aprendí en el instituto»), hicieron buenas migas con algunas japonesas y, sobre todo, con las extranjeras: «Nos llevaban a la ciudad. Las instalaciones estaban en medio de una carretera. Si no salías de ahí, te morías de aburrimiento», comenta Maider.

En esas incursiones, las jugadoras españolas compraron los recuerdos de su paso por Japón. El merchandising no estaba precisamente compuesto por postales y figuritas: «Lo típico, alguna cámara y cosas así, pero poca cosa porque luego hay problemas con la aduana. Me traje una minicadena que tenía más potencia que las que venden aquí. Mi hermano la enchufó sin transformador y la quemó. Hubo que pedir la pieza porque en España no había».

Maider llegó un día a una tiene de electrodomésticos de Eibar y pidió un favor: que le prestasen el libro de instrucciones de una minicadena similar a la suya. «Aprendí alguna palabra, pero escribir o leer ya es imposible. Puse un rotulito a cada botón».

La guipuzcoana se quedó, eso sí, con algunas recetas japonesas. «Ellos son de poner muchas verduras y salsa, para condimentarlas al gusto. Algunas veces lo hago». Maider es muy cocinitas: «Hacíamos cenas y yo preparaba paellas, a mi manera, y tortilla de patatas. Con eso sí que triunfé».

Puede que tenga algo que ver el proverbial feeling de los vascos con los fogones, pero Maider disfruta preparando comida. Actualmente, con la etapa en Japón como una aventura del pasado, comparte piso con otras dos jugadoras del Levante: Monse y María Pérez. «No nos hacen falta cuadrantes. Cada una hace lo que le gusta. Suelo cocinar yo y Monse friega. Con Peque (María) resulta más complicado porque es más delicadilla para comer».

Maider estudia informática de gestión bastantes años después de haberse licenciado en Educación Física. «Supongo que cuando deje el fútbol trabajaré en algo vinculado al deporte... igual dirigiendo algún polideportivo. Me gustaría entrenar en el fútbol femenino base de Eibar».

La vasca ansía que el deporte femenino siga progresando. «Antes no había escuelas. En el Eibartarrak, con 16 años, te enfrentabas a jugadoras de 30». Maider se siente afortunada porque Txitxia (nombre futbolístico de su padre, Jesús María Castillo) la ha respaldado en su decisión de hacer carrera en el balompié, fuese en su pueblo, en Valencia o en Japón.

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