Canal del Levante

«Sabes lo que te digo... voy a ser presidente del Levante». Francisco Javier Catalán Vena (1-12-1975, Madrid) se lo suelta así, sin aparente pretensión, a uno de esos levantinistas que están a las duras y a las maduras. Es casi medianoche, ambos vienen de Serra y lo más curioso es que la premonición verbal del mayor de los Catalán (tiene otro hermano y dos gemelas) llega casi un año antes de que entrara a trabajar como director general (2009). Los de Tomelloso no habían asomado el morro por entonces y el Ayuntamiento no tenía del todo claro cómo reconducir la situación económica del club.
Hoy, justo el día en el que el Levante cumple 103 años de historia, Catalán puede decir que triunfa en el fútbol y que ha ganado por goleada a Quico. Y eso le ha pasado factura. El miércoles se hizo un electro y el viernes se sometió a un estudio de esfuerzo. Aconsejado por los médicos, no ha tenido otro remedio después del susto que se llevó el domingo cuando el árbitro pitó el final. Míchel acababa de dar la vuelta al marcador (3-2) y cuando el presidente granota tira a levantarse nota que algo en su interior no va bien. «Alegra esa cara», le dice José Vicente Vinaixa cuando lo ve en la escalera de camino al antepalco. Quico Catalán, siempre pulcramente engominado y cuidadoso en su imagen pública, está más blanco que la pared y sólo un valium y unos minutos en el sofá de la zona vip le devuelven a la realidad.
En los dos últimos días apenas había dormido unas pocas horas y hasta estuvo a punto de quedarse una noche en la calle. Fue el día que se cerraba el plazo de fichajes, cuando se pasó horas y horas peleando por fichar Martins que, dicho sea de paso, tiene toda la pinta de acabar finalmente vistiendo de granota. Cuando salió de las oficinas, pasadas las cuatro de la mañana, se dio cuenta de que no tenía las llaves de su casa, que su familia estaba en el apartamento de Dénia y que no tenía ni el coche. Miguel Ángel Ruiz hizo de improvisado taxista y le llevó a casa de su hermano Pedro.
Chus, su mujer y dentro de medio año mamá por tercera vez, puede dar fe de lo que a su marido le está costando dirigir esta sociedad. ¿Qué tiene el Levante que quema tanto a sus presidentes? No es Catalán un caso como el de quienes le precedieron en el cargo. Curioso que el club invitara hace unos días a los ex que aún viven y ninguno, salvo Juanjo Murria y José Luis López, se ha mostrado proclive a dejarse ver por Orriols alguna tarde. Pese a percibir ahora un sueldo algo superior a los 160.000 euros (aproximadamente la mitad que Manuel Llorente en el Valencia), dirigir un club de élite lleva implícito un desgaste pero comandar un Levante zarandeado por un proceso concursal consume.
A sus 36 años, Quico Catalán ha echado ya jugosas raíces en su carrera como profesional del fútbol y eso tiene su lado bueno y su lado malo. El bueno es que ha llegado más lejos que nadie a nivel institucional y ha abierto una larga lista de contactos empresariales. Igual vende a Caicedo por 7,5 millones de euros que negocia -como esta misma semana- con un responsable de Marina D'or... El malo, que se ha visto obligado este fin de semana a encerrarse en su refugio de Las Marinas de Dénia porque la alarma de sus baterías se ha encendido. Le han recomendado que sin bajar el pistón al menos retoque su asfixiante rutina.
Dicen que el cargo no le ha cambiado de carácter pero que sí le ha arrebatado una de sus verdaderas pasiones: la familia. De profundas creencias, los Catalán siempre han formado una piña aunque su dedicación -de nueve de la mañana a doce de la noche es su horario habitual- y sus fines de semana futboleros han condicionado sobremanera. El fútbol ha moldeado virtudes y defectos de Quico Catalán. «Si queremos estar con él tenemos que acompañarlo a algún partido, si no es difícil», confiesa su hermano Pedro.
De pequeño destacaba en el Club de Tenis de Dénia; luego se lo pasó en grande como entrenador de fútbol sala en Dominicos; tiene maneras jugando al pádel y se defiende como puede con los palos de golf. Todo eso lo ha aparcado y lo ha sustituido por las dos baterías para su teléfono móvil que siempre lleva en el bolsillo. «Exprime al máximo su horario y si el día tuviera más horas, más trabajo haría», asegura Manolo Salvador, que admite sin tapujos que el presidente disfruta negociando las cantidades de un fichaje pero que nunca ha tenido la menor intención de entrometerse en una decisión deportiva.
Fumador empedernido, Quico Catalán ocultaba este vicio insalubre hasta hace muy poco a su padre. «Se iba a fumar al baño para que no lo viera», indica un directivo granota. Ahora tritura uno tras otro los cigarros. «Voy a tener que adelgazar y el tabaco lo voy a ir dejando... pero poco a poco», afirmaba casi con la boca pequeña el dirigente esta semana a un amigo. Es a ellos a quienes no puede dedicarse. En los últimos tres años su periodo vacacional se ha limitado como cifra global a menos de veinte días. «Le gusta la perfección hasta el detalle más mínimo», explica el consejero Miguel Ángel Ruiz, amigo personal de Quico y ex socio empresarial.
A Pedro Villarroel, en el pasado, se le criticaba su excesivo celo presidencialista que llegaba hasta la elección de los canapés había que servir en el palco. Catalán, que entró en el club de la mano de Villarroel -lo hizo portavoz y uno de los impulsores del área social-, presume de delegar en sus directores generales y su equipo más cercano de trabajo lo forman, sobre todo, Alberto Gil (fichaje personal suyo), Javier Cortés y Giovanna Calpe.
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